Crisis Agroalimentaria y Energética:
Nuevos escenarios de la recolonización mundial.
Gerardo Cerdas Vega / Carlos Aguilar Sánchez
El texto permite una lectura crítica de la crisis alimentaria que golpea al planeta, especialmente a los países y regiones empobrecidas, planteando la idea de que se trata de nuevos escenarios de reproducción de los patrones de la colonización que Europa y los Estados Unidos impusieron como base de su propio desarrollo capitalista.
A)De la crisis energética a la catástrofe medioambiental y alimentaria
Durante los últimos años, se ha puesto de manifiesto la crisis de la matriz energética basada en el uso intensivo de los combustibles fósiles, inocultable incluso para las grandes compañías petroleras. El agotamiento del petróleo es inminente, como distintos sectores científicos y organizaciones sociales vienen alertando desde hace algún tiempo (Cerdas, 2008: 7-8). El petróleo ha proporcionado durante décadas la energía barata, eficiente y abundante que la expansión capitalista demandaba, pero el ritmo de crecimiento de la economía actual hace insostenible, inviable, un crecimiento mayor basado en la disponibilidad real de carburantes, agroquímicos y demás derivados del petróleo que forman parte inseparable del éxito alcanzado por el capitalismo durante el siglo XX.
En este marco, el creciente interés de los Estados Unidos y la Unión Europea (UE), así como de países como Brasil, China, Japón e India, por la producción de carburantes obtenidos a partir de productos vegetales, muy especialmente etanol de maíz y de caña de azúcar, así como de agrodiesel obtenido de la soja y de la palma aceitera, ponen en discusión los límites de la actual matriz energética y hacen necesario identificar soluciones que vayan más allá del simple “alargamiento artificial” de la civilización petroadicta.
La producción de carburantes vegetales en los países del Sur Global (América Latina y el Caribe, Asia, África), reproduce los viejos esquemas coloniales que hicieron posible el dominio de distintos imperios a lo largo de los últimos siglos, sobre inmensos territorios y recursos. Efectivamente, la expansión de los agrocombustibles supone un control latifundiario de la tierra, una explotación inmisericorde de la fuerza de trabajo humana y un control centralizado de recursos escasos como el agua, indispensables en la expansión de los monocultivos. Las escasas experiencias exitosas de producción de agrocombustibles en pequeña y mediana escala, por la agricultura familiar y sostenible, son solo islotes perdidos frente al poderío devorador de las grandes compañías de la industria automotriz y del agronegocio. Como señala una investigación recientemente publicada: “La industria de la caña fue una de las primeras actividades económicas durante el periodo de la colonia, siempre marcada por la apropiación del territorio y por la explotación de la mano de obra. Esta actividad permitió que sectores que controlaban la producción y la comercialización, consiguieran acumular capital y con eso contribuir con la estructuración del capitalismo en Europa. En la mayoría de los países latinoamericanos, los sectores cañeros controlan tanto la propiedad de la tierra como la cadena productiva”. (CPT-Rede, 2007)
Mientras tanto, la Organización para la Agricultura y la Alimentación de Naciones Unidas (FAO), en su informe: “La agricultura mundial hacia 2030/2050”, destaca la existencia de tierras cultivables para la expansión de la superficie agrícola, sobre todo en África y América Latina. Estas apreciaciones , sospechosamente coincidentes con el interés expansivo de los agronegocios en América del Sur, sobre todo de la producción de agrocombustibles (Brasil, principal productor de oleaginosas en América Latina, ha incrementado considerablemente las cosechas de soja y maíz para la producción de etanol2), hacen prever no solo impactos significativos sobre las áreas boscosas y selváticas, sino una lucha creciente en los precios del maíz (base de la alimentación de muchos pueblos), la soja y el trigo3.
El Banco Mundial, esta desarrollando estudios en varios países Africanos para aplicar un modelo denominado de ecoagricultura, donde se busca asociar condiciones geográficas y climáticas, con cultivos para ampliar el rendimiento productivo de los países empobrecidos. Igualmente en América Latina, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) promueve la reconversión productiva, hacia una agricultura que apuesta fundamentalmente por los negocios y las grandes inversiones del sector privado.
Pero en función de que intereses se desarrollan estos proyectos? Cuáles son las tendencias que apreciamos hoy relación con la producción de alimentos y el hambre a nivel mundial? Las respuestas están presentes en las actuales negociaciones comerciales en la Organización Mundial del Comercio y en el tratamiento que hacen los países del G8 con respecto a los grandes problemas mundiales. No cabe la menor duda, que el interés creciente por transferir los costos ambientales y alimenticios de la producción de agrocombustibles hacia los países empobrecidos, representa un saqueo y un costo mayor que cualquier ayuda internacional en el tratamiento de los problemas relacionados con el hambre y la salud.
Así se puede verificar en países que hoy día experimentan un crecimiento acelerado de los cultivos destinados a producir agrocombustibles, como Colombia, y en otros que ya los vienen produciendo desde hace algunas décadas, como Brasil. Asimismo, en el caso de América Central (donde hoy los sectores dominantes han caído presas de la “fiebre del etanol”), la historia del monocultivo y del régimen de plantación no es nueva. Primero fue el café en el siglo XIX, luego la caña de azúcar y el banano en el siglo XX, seguido por otros productos como el algodón y más recientemente la piña y “frutas tropicales”, siempre atendiendo a las necesidades del imperio del momento (británico, estadounidense), siempre usando de forma extensiva la tierra y explotando sin piedad a los trabajadores del campo4.
Incluso, existen cálculos y estudios que demuestran como en varios países europeos, fundamentalmente el Estado Español, los terrenos agrarios se están transformando, por la industria turística, en campos de golf y en aparta-hoteles. Un proceso de urbanización creciente amenaza con romper la fragilidad del escaso equilibrio actual en materia agrícola. Sólo, en China, alrededor del 1% de la superficie agraria es destruido cada año por efecto de la urbanización y la contaminación
Sumado a estos elementos en los últimos meses del 2007 y primeros del 2008, hemos visto a nivel internacional un crecimiento vertiginoso de los precios de los alimentos y de materias primas necesarias para la fabricación de piensos. Una verdadera burbuja alimentaria, auspiciada en los mercados de la especulación financiera y energética, ha terminado por desencadenar un cuadro marcado por protestas y saqueos en varios países de África y América Latina, principalmente Haití donde la situación es dramática. La supuesta mayor demanda mundial de alimentos por la incorporación de China y la India en los mercados internacionales, sirve para esconder esta orientación especulativa sobre los precios de materias primas para intentar estabilizar los precios del petróleo Recientemente la publicación del mapa del hambre nos muestra lo lejos que estamos de tan siquiera cumplir con las metas acordadas de reducción de la pobreza para el 20155.
.
Un informe reciente de FAO sobre el estado de los bosques a nivel mundial, advierte que estamos perdiendo anualmente alrededor de 7.3 millones de hectáreas boscosas por efectos de la deforestación. Los mapeos igualmente demuestran un efecto poco discutido de las desigualdades mundiales: Aumentos o estabilidad de las áreas boscosas en Europa y América del Norte y creciente destrucción concentrada en África, América Latina y el Sudeste Asiático. Así figuran en el ranking internacional en los primeros lugares en niveles de deforestación: Brasil, Indonesia, Birmania, Zambia, Nigeria, Zimbabwe, Venezuela, Bolivia, México y Camboya. (FAO. Informe. 2007), todas con crecientes inversiones en el sector energético, maderero y de adquisición de tierra para la agricultura intensiva por parte de China, los Estados Unidos y los países enriquecidos de la Unión Europea (UE).
La conexión es inmediata, en países como Brasil e Indonesia6 se están promoviendo grandes proyectos por parte de los agronegocios para incrementar la producción de agrocombustibles, lo que esta produciendo a nivel internacional una subida en los costos de los alimentos utilizados para su producción (por ejemplo trigo, maíz, cebada y glucosa). El incremento de las superficies reconvertidas a Palma Aceitera también destaca en países como Sumatra o Colombia. El Norte de la India, Nepal y Bangladesh han reportado migraciones masivas de alrededor de 20 millones de personas, en este año, por causa de las lluvias e inundaciones, lo que esta sumando problemas al cuadro de enfermedades contagiosas, al acceso a agua potable y medios de vida para la población.
Mientras tanto los responsables de este desastre humano, se niegan a reconocer el efecto de sus políticas comerciales y medioambientales, e insisten en un modelo consistente en brindar ayudas insuficientes para problemas que se corrigen cambiando políticas propias. La UE, por ejemplo, no solo se apresta a una política más agresiva en agrocombustibles, sino que la situación creada con estos y el incremento en los precios de los cereales y del azúcar, de la leche (por la caída en la oferta y crecimiento de los costos de alimentación del ganado) y la caída en la producción de carne vacuno7 pone en graves consecuencias la Política Agraria Común (PAC). Al final de cuentas, los precios altos los pagan los consumidores y los impactos medioambientales se transfieren a los países empobrecidos8. Ganan los altos inversionistas y sobre todo las grandes corporaciones transnacionales vinculadas al agronegocio.
B) Nuevos escenarios de la Recolonización
Justamente, esta “vuelta a la colonia” acontece en un contexto marcado por el desarrollo del agronegocio, especialmente a partir de la llamada “Revolución Verde” desde los años cincuenta del siglo pasado. El término agronegocio (del inglés agribusiness), comenzó a usarse a finales de esa década para referirse a una nueva forma de organizar la producción agrícola, donde el actor central no es el productor campesino sino una gran corporación que controla toda la cadena productiva, desde la preparación de la tierra hasta la comercialización final y la exportación, además de someter a su dominio a los pequeños productores cuyos insumos productivos y su misma producción pasan a depender del gran capital (Moraes, 2008).
El proceso de consolidación del agronegocio en las últimas seis décadas, ha llevado a la ruina a millones de pequeños productores agrícolas, ha fomentado la proletarización del campo y ha contribuido significativamente con la pérdida de soberanía alimentaria y con el éxodo migratorio que muchos países de tradicional vocación campesina vienen experimentando (México, Ecuador, Guatemala, entre muchos otros). Paralelamante, las áreas más rentables del agronegocio son ya controladas por grandes corporaciones tanto de capital nacional (proveniente de la burguesía nacional) o transnacional.
El caso de la producción de etanol a partir de caña de azúcar muestra claramente cómo predominan los grandes intereses por sobre otras consideraciones de orden social o ambiental. Un ejemplo de ello es Brasil, el país que más ha desarrollado la agroindustria del etanol en América Latina. Allí, de las mayores 500 empresas que se mueven en el mundo del agronegocio, 6 son estatales, 388 brasileñas y 106 extranjeras, estas últimas de las más importantes en volúmenes de producción y comercialización. Enormes inversiones se realizan al calor de la política estatal que en Brasil favorece el desarrollo de la agroindustria del etanol: la empresa ADECOAGRO, del conocido inversionista George Soros, invirtió R$1,5 billones en la construcción de nuevos ingenios, y el total de las inversiones en este ramo, para el año 2007, fue de R$6,5 billones de acuerdo con las estimaciones del Banco Central de Brasil (Moraes, 2008: 5)
En la clave de lectura que nos ofrece el concepto de la recolonización por la vía del agronegocio, concretamente en el caso de los agrocombustibles, podemos señalar que los mismos adquieren plena relevancia en el contexto de una reconfiguración cada vez más competitiva de las relaciones capitalistas globales “entre nuevos y viejos centros de poder” (Vélez, 2008: 21), aceleradas ante la inminente crisis producida por el agotamiento del petróleo. Nuevas fuentes de energía, adaptables, eficientes y baratas se hacen necesarias para sostener la carrera hacia el vacío del capitalismo global. En esta carrera, una parte central es asegurarse el control monopólico u oligopólico de los sistemas energético y alimentario del planeta, supeditados a nuevas tecnologías que incluyen cada vez más la manipulación genética de la naturaleza.
En países como Colombia, Brasil y los países centroamericanos, la expansión de los agrocombustibles está forzando un reordenamiento territorial que equivale a una verdadera contrarreforma agraria, pues tierras dedicadas ya sea al pastoreo o a la agricultura de alimentos se están destinando cada vez más a la producción de carburantes vegetales, sin contar con la agudización del fenómeno de la concentración de tierras que impide el acceso a ella de miles de familias campesinas e indígenas.
Costa Rica, un país centroamericano con baja producción de etanol, pero cuyo gobierno (representante entre otros del poderoso sector azucarero del país, pues el mismo presidente de la República es el principal hacendado en el ramo), ha decidido incursionar con fuerza en esta rama agroindustrial, anunció en enero de 2008 un plan agresivo para producir etanol y agrodiesel, destinando para tal fin 20 mil hectáreas que hoy están en manos de pequeños agricultores (empobrecidos por más de dos décadas de apertura comercial), al cultivo de caña de azúcar y palma aceitera, fundamentalmente, con el pretexto de que esto generará nuevos empleos y sacará de la pobreza a campesinos y campesinas que, recordémoslo, hace 25 años no eran pobres. En estos momentos el país enfrenta una emergencia nacional por la sequía gravísima de la zona norte.
Una buena parte del etanol y el agrodiesel producido localmente en los países latinoamericanos, sustituirá un porcentaje del consumo local de derivados del petróleo; otra parte se exportará a los Estados Unidos y Europa y, en general, liberará recursos energéticos fósiles para ser usados por las grandes potencias que dependen de ellos.
En este escenario juegan un papel importante los Tratados de Libre Comercio (TLC) que los Estados Unidos ha suscrito y/o está negociando, y los Acuerdos de Asociación (AdA) que la Unión Europea está negociando también, con distintos países de la región (México, Centroamérica, Colombia, países andinos), pues por ejemplo en el caso del Tratado entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (más conocido como CAFTA, por su sigla inglesaI), todo el etanol producido en Centroamérica entra sin gravámenes a los Estados Unidos, lo cual está siendo aprovechado por Brasil para enviar etanol al mercado norteamericano sin pagar los aranceles que pesan sobre este producto cuando es elaborado en dicho país suramericano. Así, las herramientas jurídicas contenidas en los TLC, que para muchos representan una nueva y agresiva forma de recolonización, se ponen al servicio de la agroindustria de carburantes vegetales.
C) El papel del Comercio en la nueva dinámica de recolonización. El caso centroamericano
Bajo las actuales circunstancias, el comercio lejos de significar un factor de desarrollo y convergencia de las economías más empobrecidas ha significado en algunos casos dramáticas reducciones de participación en el mercado mundial (la más llamativa la de África Sudsahariana). Si siguiéramos las recomendaciones del PNUD para que el comercio realmente apoye los Objetivos del Milenio, planteados en el 2005, a saber; fortalecimiento de tres áreas esenciales para los países empobrecidos: acceso a mercados, tratamiento de los apoyos agrícolas y trato especial y diferenciado podemos constatar que la Agenda de Doha de la Organización Mundial del Comercio ha fallado en todos. La transformación de las medidas de inversión, de los derechos de propiedad intelectual, los movimientos temporales de personas (liberalización escalonada de mercados laborales)9, el tema de la deuda y la crisis de productos básicos, demuestran no ser la agenda prioritaria de los países desarrollados, ni en el caso de los Estados Unidos, ni mucho menos para la UE.
En este sentido cobra mucha importancia lo que está pasando en Centroamérica en materia de agrocombustibles. Ya hicimos referencia al caso de Costa Rica, pero es conveniente ampliar el panorama con relación a una región pequeña pero que históricamente ha sido objeto de diversas expansiones del régimen de monocultivo, con las graves consecuencias ambientales, sociales, culturales y económicas que ello trae consigo.
Es importante una observación previa: la “Alianza del Etanol”, como se ha dado en llamar al Memorando de Entendimiento entre los Estados Unidos y Brasil para avanzar en la cooperación sobre Agrocombustibles, suscrito entre los gobiernos de ambos países en marzo del 2007, prevé la incorporación de los países centroamericanos en el marco de la estrategia de promoción de los agrocombustibles impulsada por aquellos dos grandes países, que juntos concentran el 80% de la producción mundial de etanol.
Así, mediante la cooperación técnica y la promoción de la producción y consumo de los agrocombustibles, se busca que Centroamérica entre de lleno en la estrategia de los Estados Unidos por alcanzar en el 2017 una sustitución del 20% de los combustibles fósiles que consume en la actualidad, por combustibles obtenidos a partir de productos vegetales. Es notorio que el Memorandum de Entendimiento, al que ya hicimos referencia, textualmente señala que: “Las Partes trabajarán conjuntamente para llevar los beneficios de los biocombustibles a terceros países, mediante estudios de viabilidad y asistencia técnica dirigida a estimular al sector privado a invertir en biocombustibles. Las Partes se proponen comenzar a trabajar en América Central y en el Caribe para apoyar la producción y el consumo locales de biocombustibles, con la visión de continuar trabajando juntos en regiones clave alrededor del mundo”.
Por lo tanto, es indispensable comprender que Centroamérica está jugando, y jugará a futuro, un papel estratégico como productor, almacenador y procesador de agrocombustibles, tanto para el consumo local como para la exportación a terceros mercados, fundamentalmente el norteamericano y el europeo, en alianza con los sectores más conservadores y reaccionarios del capital criollo, que se ha beneficiado siempre del agronegocio.
La reacción de estos sectores de la vieja oligarquía y de la burguesía criolla, sectores vinculados históricamente al agronegocio, no se ha hecho esperar. Diversos medios de comunicación de la región dieron cuenta de ello. Por ejemplo, el periódico salvadoreño Prensa Gráfica, recoge declaraciones del sector cañero en dicho país, para el cual se trataría de una “gran oportunidad” para expandir el negocio, mediante la exportación de etanol hacia los Estados Unidos. (La Prensa Gráfica, edición digital, 03/10/2007).
El presidente de El Salvador, por su parte, expresó enorme satisfacción por la decisión de los gobiernos brasileño y estadounidense de favorecer el desarrollo de agrocombustibles y anunció una modernización de la legislación en el país para favorecer las inversiones necesarias, tanto para la producción de etanol como de biodiesel, incentivando a inversionistas privados. Significativamente, el presidente Saca declaró a la prensa que: “Deberíamos preocuparnos por una ley de tierra, que le permita arrendar tierra a mucha gente que quiere meterse definitivamente a sembrar caña” (La Prensa Gráfica, edición digital, 04/05/2007), en alusión a los cambios y prioridades que la producción de agrocombustibles introducirá en el uso y control de la tierra disponible para cultivos en El Salvador.
Siempre con relación a El Salvador, en consonancia con los términos del Memorandum de Entendimiento entre Brasil y los Estados Unidos, el país fue escogido para el desarrollo de un plan piloto en producción de etanol para exportar hacia los Estados Unidos, aprovechando el marco jurídico establecido por el TLC entre ambos países que facilita la exportación de etanol sin pago de aranceles. (La Nación, edición digital 02/04/2007)
En Guatemala, primer productor de caña de azúcar en la región y uno de los países con mayor concentración de la tierra en el continente10, hay también un intenso debate a partir de la decisión del Ministerio de Energía y Minas, de mezclar hasta un 10% de etanol con la gasolina que se consume en el país. Los productores guatemaltecos de caña de azúcar, desde el 2005 vienen pensando el negocio ya en escala regional, según se desprende de las declaraciones de Rolando Ponciano, representante de la Asociación de Combustibles Renovables de Guatemala, al periodico La Prensa Libre (Guatemala); para Ponciano, “Centroamérica necesitaría casi 400 millones de litros de etanol al año, que lo producirían unas 20 destilerías, con una inversión de US$200 millones” (La Prensa Libre, edición digital 25/04/2005).
En Guatemala actualmente hay cuatro destilerías de etanol, pero para lograr la meta del gobierno de 10% de dicho carburante en la gasolina, se necesitaría construir cuatro destilerías más a un costo aproximado de $80 millones, de acuerdo con Aida Lorenzo, gerente de la Asociación de Combustibles Renovables de Guatemala.
Como lo informara en su oportunidad el periódico Siglo XXI, “En Guatemala existen tres destilerías de etanol derivado de la caña de azúcar: Servicios Manufactureros, ubicada al lado del Ingenio Magdalena; Darsa, de la Licorera Nacional, y Palo Gordo, propiedad de ese ingenio. En conjunto producen 400 mil litros diarios del biocombustible. La producción nacional anual asciende a 90 millones de litros, y se exporta a Europa y Estados Unidos. Este mes [en mayo de 2007] empezará a funcionar la destilería Bioetanol, en el ingenio Pantaleón, cuya producción diaria será de 150 mil litros”. No obstante, el sector cañero guatemalteco se ha quejado por no ser suficientemente incluido en las iniciativas lanzadas en conjunto por Brasil y los Estados Unidos. (Siglo XXI, edición digital 22/05/07)
A pesar de esto último, es necesario señalar que Guatemala es el mayor productor de etanol de la región debido al desarrollo previo de su industria azucarera. El Ministerio de Energía y Minas (MEM) ya concedió licencia a trece empresas para la producción de agrocombustibles (etanol y biodisel concretamente). La disponibilidad de materia prima (abundante caña de azúcar), facilita a las industrias procesadoras la producción del agrocombustible, que en su mayoría se exporta hacia los Estados Unidos, México y Europa “a falta de una legislación que permita su comercialización interna”, apuntó el diario Siglo XXI (Siglo XXI, edición digital 02/08/2007). Para el 2009, Guatemala espera producir 150 millones de litros de etanol, una producción récord en el país y en el área centroamericana. Los más grandes ingenios del país, entre ellos el Montelimar, Benjamín Zeledón y Monterrosa (este último del Grupo Pantaleón), están reconviertiendo sus plantas para aumentar la capacidad de producción de etanol.
En otros países centroamericanos, los inversionistas y los productores de caña también se han percatado de los negocios que abre la coyuntura continental en lo que a agrocombustibles se refiere. Nicaragua, por ejemplo, en el marco de las alianzas generadas por la decisión de Brasil y Estados de impulsar la producción de agrocombustibles en la región, ha anunciado que se convertirá en el mayor exportador de etanol de Centroamérica, “...para lo cual importará 250 millones del insumo hidratado de Brasil, que deshidratará una nueva empresa del Grupo Pellas para exportarlo”, informó el periódico guatemalteco Siglo XXI en en su edición digital del pasado 28 de agosto de 2007. Se trata de la empresa Sugar Energy and Rum, que deshidratará el insumo importado desde Brasil para reexpotarlo hacia los Estados Unidos.
Muchas de estas inversiones son hechas por capitales azucareros que se mueven por toda la región; así el Grupo Pellas, de Nicaragua, está invirtiendo en la producción de etanol en Honduras; las destilerías guatemaltecas, por su lado, emplean una buena parte de materia prima (caña) proveniente de Nicaragua.
Finalmente, cabe destacar el hecho de que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), inmediatamente después de lanzada la iniciativa conjunta brasileña-norteamericana, se aprestó a anunciar un plan de inversiones en “energía verde” en toda Centroamérica, por un monto de $300 millones de dólares, argumentando que esta iniciativa “...reforzará la campaña contra la pobreza y reducción de la dependencia de combustibles fósiles importados”. (Siglo XXI, edición digital 03/04/2007). Al igual que la iniciativa del BID en Brasil, se trata aquí de construir una enorme infraestructura para la producción, almacenamiento, transporte y comercialización de agrocombustibles, en asocio y beneficio con el capital privado, tanto azucarero como de otras ramas, deseoso de aprovechar el nuevo clima de negocios.
Solo de forma ilustrativa, los elementos anteriores nos permiten decir que la fiebre de los agrocombustibles llegó a la región y que se abren perspectivas muy importantes para la producción, exportación y potencial consumo local de etanol y biodiesel. Los grandes sectores azucareros, que llevan décadas invirtiendo en la industria, se aprestan a aprovechar esta coyuntura ampliando sus cultivos, reconvirtiendo sus ingenios o construyendo nueva infraestructura, en el marco de la asistencia técnica proporcionada por Brasil, por ejemplo. Además, es notorio que se está triangulando la exportación de etanol brasileño a los Estados Unidos mediante su deshidratación en Centroamérica, de forma tal que se tome como proveniente de uno de los países signatarios del CAFTA y no se tenga que pagar el arancel de $0,54 que los Estados Unidos cobran a cada litro de etanol brasileño.
Apreciaciones finales
Si la agricultura y el tratamiento a los impactos del cambio climático no pasan a convertirse en una prioridad de las políticas públicas, diseñadas y trabajadas en coordinación con los grupos indígenas y campesinos, es muy probable que en las próximas horas (no meses, ni años), asistamos a nuevas emergencias relacionadas con migraciones masivas, desastres “naturales”, hambrunas, conflictos bélicos por territorios, desnutrición y asesinatos masivos de seres humanos por los cambios en la oferta y demanda de productos primarios para movilizar los automóviles que nos venden las grandes transnacionales de la industria automotriz.
El denominado “Nuevo Orden Energético”, que incluye las polémicas de reactores nucleares, de espacios territoriales en el Ártico, de reservas petrolíferas y de gas, así como el uso expansivo de la agricultura para la producción de combustible, es otra forma adoptada por la enorme potencialidad destructiva de las fuerzas del mercado dejadas en control de los grandes grupos corporativos transnacionales.
La enorme riqueza contenida en los recursos naturales, minerales y humanos de los países empobrecidos de América Latina, África y Asia, esta amenazada nuevamente de saqueo indiscriminado para sostener los niveles de consumo energético desproporcionado de los grupos y países más destructores del planeta.
Los actuales circunstancias mundiales fuerzan a cambios urgentes en la estructura del comercio multilateral, así como a toda una discusión de fondo sobre la ayuda y la cooperación internacional, los flujos de capital y las migraciones, la distribución de ingresos mundiales, la transferencia de conocimiento y tecnologías y los modelos de consumo energéticos para la protección del medio ambiente y el cambio climático. Sin embargo, múltiples analistas prevén un 2008 de mayores conflictos comerciales a nivel mundial. No es extraño, lo que se aprecia a nivel internacional es un incremento de subsidios de los países desarrollados para lograr mayores niveles de competitividad en el campo de los agrocombustibles. La FAO, ya ha advertido además sobre los gastos en la importación de alimentos de los países en desarrollo como producto de la demanda por agrocombustibles. En China, en la UE, en los Estados Unidos y sobre todo en los países empobrecidos esta crisis alimentaria y medioambiental impacta sobre todo sectores y poblaciones altamente vulnerables, al grado que estamos experimentando un genocidio calculado de vidas humanas.
Los agrocombustibles no forman parte de ninguna agenda de desarrollo para la pequeña y mediana producción agrícola y ganadera de alimentos, se trata de un nuevo ámbito de disputa por el control de mercados y materias primas a nivel internacional entre economías desarrolladas y emergentes, con el apoyo de los organismos financieros internacionales y los grandes grupos de agronegocios. Los agrocombustibles están convertidos en commodities para los grandes grupos inversores y la especulación de precios en el desorden de las finanzas internacionales que tiene amenazada la economía del planeta entero. A partir de este hecho, las bolsas y los Bancos Centrales a nivel mundial descubren que los precios de las materias primas (agrícolas y minerales) han estado muy baratos y no pueden continuar así.
Para poder moderar el auge de economías como China y la India, que marcarían las tendencias de un nuevo desequilibrio mundial de poderes (que no nuevo orden mundial como llaman algunos autores), los organismos financieros (fundamentalmente el FMI) han desarrollado nuevos criterios estadísticos. El desorden y la brutalidad son tendencias marcadas del actual sistema comercial y financiero, el “club de los ganadores” estaría compuesto por 12 economías: EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, España, China, India, Rusia, Brasil y México. Para África destacan Egipto, Sudán, Sudáfrica, Nigeria y Marruecos. Se trata de un sistema de desequilibrios internacionales, que requiere de forma inmediata de una plataforma distinta y alternativa, para enfrentar la crisis alimentaria, energética y medioambiental, basada en un gran “Consenso del Sur”.
Referencias bibliográficas
Cerdas Vega, Gerardo, Agrocombustibles: Las amenazas del imperialismo verde, texto de trabajo, San José, Costa Rica, abril 2008.